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Andras Corban Arthen  Andras Corban Arthen  Andras Corban Arthen

En el año 2007, la autora británica Karen Sawyer me invitó a contribuir un capítulo para su primer libro, titulado “Soul Companions: Conversations with Contemporary Wisdom Keepers – A Collection of Encounters with Spirit” (que se traduce aproximadamente como “Compañeros del Alma: Conversaciones con Guardianes Contemporáneos de la Sabiduría – Una Colección de Encuentros con los Espíritus”). Como lo sugiere el título, la obra es un compendio de relatos sobre encuentros que personas de diversas culturas y tradiciones han tenido con entes espirituales. El libro fue publicado en países de habla inglesa en la primavera del 2008, y hasta ahora ha recibido muy buena recepción y ha sido el enfoque de tres conferencias, dos en el Reino Unido y una en los Estados Unidos.

 

Como tengo varios amigos hispanos que me han preguntado si el libro también va a ser publicado en castellano, y como lamentablemente no parece existir esperanza de que así lo sea, decidí al menos traducir mi propio capítulo y ponerlo en nuestro sitio de Web para que los que se interesen por estos temas puedan leerlo. Los que quieran comprar el libro entero (en inglés), pueden hacerlo fácilmente a través de Amazon.com.

Un saludo cordial,

Andras

Encuentros con Los Brillantes

por Andras Corban Arthen

No recuerdo exactamente cuándo aparecieron por vez primera; quizás siempre estuvieron ahí, desde que yo nací, o tal vez desde antes. Quizás sea posible que yo provenga de ellos, o que estemos “emparentados” de alguna manera. Nunca he podido comprender claramente la naturaleza precisa de nuestra relación a pesar de los largos años que ha durado, y esa ambigüedad solo se ha acrecentado con el transcurso del tiempo.

Mis primeros recuerdos de ellos son como facetas de un paisaje cubierto por espesa y arremolinada neblina: breves momentos de claridad, algunos más pausados que otros, que revelan lo suficiente para dar una idea general de cómo luce la escena, pero no para dar una vista clara y completa. Esos recuerdos son una mezcla de ciertas cosas que nunca he olvidado, de cosas que he recordado al cabo del tiempo, y de cosas que otros (principalmente mi familia) me han contado. Comenzando con éstas últimas, aquí ofrezco mi relato.

Acompañantes en el lecho de convalecencia.

Mi familia se originó en España, aunque cuando yo era niño vivimos mucho tiempo en las Antillas. A través de toda mi niñez, desde mi más tierna infancia hasta aproximadamente cuando alcancé la pubertad, yo experimenté con cierta regularidad unos ataques de fiebre muy súbita y extremadamente alta que generalmente duraban varios días, que no tenían causa evidente, y que se terminaban con la misma rapidez con que habían llegado. Varias veces tuve dos o tres episodios de fiebre en un año; en otras ocasiones pasó más de un año entre un ataque y otro --- carecían de regularidad.

Como es de esperar, las primeras veces que eso me ocurrió, mis padres se alarmaron muchísimo (mi madre me contó que estuve al borde de la muerte durante uno de los episodios más tempranos); me llevaron a ver a varios especialistas, e insistieron que los médicos me hicieran todo tipo de prueba disponible en esos años para determinar la causa de esas fiebres. Ésto tuvo lugar a principios de la década de los cincuentas, en el medio de una epidemia de poliomielitis muy diseminada, lo cual contribuyó a acrecentar el temor de mis padres. Pero todas las pruebas resultaron ser negativas, y las fiebres, a pesar de su intensidad, carecían de otros síntomas, así que los médicos nunca lograron diagnosticar su origen.

Al cabo de unos años, esos ataques simplemente se volvieron parte integral de mi existencia. Mis padres, no obstante sus inquietudes, llegaron a aceptarlos como molestias ocasionales e inevitables en mi vida que, fuera de esas fiebres, era tan normal y saludable como la de cualquier otro niño. Yo, por mi parte, llegué a esperar con mucha anticipación el comienzo de cada nuevo episodio febril, porque entendí desde muy pequeño que las fiebres me traían unos visitantes sumamente interesantes.

Ellos eran mis “amigos especiales,” aunque, a pesar de mi corta edad, yo comprendía bien que “amigos” era un apelativo que no alcanzaba a describir la naturaleza y complejidad de nuestra relación. Ellos eran sin duda alguna muy amistosos, y se sentaban a mi alrededor en la cama acompañándome, relatándome cuentos fascinantes, jugando juegos extraños y muy divertidos, y enseñándome muchas cosas. Pero a la misma vez, eran completamente distintos a mis amigos ordinarios de la escuela o del vecindario: no eran seres humanos, no podían ser percibidos por el resto de la gente, podían tomar cualquier forma que desearan, poseían todo tipo de habilidades “mágicas,” y a menudo me arrebataban para llevarme en súbitos viajes a tierras lejanas y lugares misteriosos. Desde muy pequeño, les di el nombre de “los brillanticos” (aunque a eso de los siete u ocho años, reconociendo mi creciente madurez, abandoné el diminutivo infantil y comencé a llamarlos “los brillantes”) porque, fuera cual fuera la forma que tomaran, siempre evidenciaban una suave luminosidad, como si estuvieran iluminados por dentro.

Mi familia, por supuesto, solo podía entender mis relatos de esos encuentros con “los brillantes” como si fueran tan solo las alucinaciones febriles de un pequeñín enfermo, combinadas con la invención de “amigos invisibles” imaginarios que es tan común entre muchos niños. Pero, para mi, no existía duda alguna de que “los brillantes” fueran seres reales, y yo entendía claramente que existía una diferencia muy profunda y significativa entre mis experiencias con ellos y las que tenía en los juegos imaginarios que yo jugaba con mis amiguitos en la parte ordinaria de mi vida. Por ejemplo, “los brillantes” aparecían exclusivamente durante esos ataques extraños de fiebre intensa que sufría de vez en cuando; nunca se aparecían durante fiebres que estuvieran relacionadas con enfermedades comunes como catarros, paperas, el sarampión o la varicela. Yo no podía manifestarlos o controlar sus acciones o su comportamiento conforme a mis deseos, cosa que podía hacer con toda facilidad con los personajes imaginarios y ficticios de mis juegos ordinarios. Pero, más que nada, mis experiencias con “los brillantes” tenían consecuencias que sobrepasaban los límites de cualquier juego de niños.

Una vez, cuando ya era adulto, tuve una conversación con mi madre en la que le pregunté lo que ella recordaba sobre ese aspecto específico de mi niñez, y me dijo que ella se había dado cuenta gradualmente de que esas fiebres aparentemente estaban relacionadas con ciertos cambios cognitivos y de desarrollo en mi. Me contó que yo había aprendido a hablar, leer y escribir --- e igualmente me había desarrollado un sentido muy fuerte de seguridad en mi mismo --- a una edad precozmente temprana, y aparentemente de una manera muy repentina y sorprendente, y ella había notado que esos saltos tan acelerados en mi desarrollo habían surgido inmediatamente después de ciertos episodios de las fiebres. Esa conexión fue algo que yo había entendido instintivamente durante mi niñez, pero que no había podido formular.

Mi precocidad fue causa tanto de orgullo como de diversión para mi familia. Durante nuestras frecuentes reuniones, mis padres a menudo me sacaban de mis juegos con los otros niños para incluirme en conversaciones sobre temas adultos --- política, literatura, filosofía, etc. --- para impresionar a nuestros parientes y amistades con mis habilidades intelectuales y mi madurez a tan temprana edad. Pero para mi, eso no tenía nada de especial; al contrario, toda esa atención me era embarazosa y me dejaba extremadamente confuso, porque me parecía muy extraño que lo que mi familia más admiraba de mi eran cosas que yo había aprendido de “los brillantes,” cuya realidad ellos rehusaban aceptar.

Yo entendía, por ejemplo, que mi facilidad verbal --- tal como el uso de un vocabulario extenso y de imaginería compleja, y la habilidad de poder irme por largos y tortuosos hilos argumentales sin perder por un momento el punto principal --- que a mi familia le parecía tan excepcional, no era más que el resultado de mis extensas conversaciones con “los brillantes” en su lengua multifacética, que consistía de una gran pluralidad de sonidos, imágenes, colores, y otros sentidos, cada cual impregnado con una línea de significado primario o de trasfondo simultáneamente comunicado y percibido, y entendido tanto en forma singular como colectiva, resultando en un vehículo de comunicación a la vez extremadamente complejo y elegantemente preciso. De alguna manera u otra, yo podía entender y comunicarme perfectamente en esa lengua a través de lo que era, esencialmente, un proceso telepático. Y, aunque en el mundo ordinario no existía la posibilidad de que yo pudiera reproducir esa lengua correctamente debido a las limitaciones del mecanismo físico del habla humana, durante mis estados febriles aparentemente yo intentaba hacer precisamente eso.

No hay ni que decir que, dadas las circunstancias, para mi familia yo simplemente estaba alucinando y balbuceando sin sentido debido a las fiebres. Excepto que cierta vez, cuando yo estaba en el medio de uno de esos ataques, recibimos visita de un tío lejano de mi padre que era catedrático de lingüística en una universidad de España, el cual escuchó con cuidado los sonidos que yo estaba haciendo, y le dijo a mis padres que, en efecto, yo estaba hablando un idioma coherente, aunque él no lograba identificarlo. Durante otros episodios de fiebre, mi familia me oyó hablar --- con aparente fluidez --- lenguas reconocibles como el francés o el italiano, que no podía hablar en mi vida ordinaria. Me imagino que esas deben haber sido ocasiones en las que “los brillantes” me llevaron de viaje.

Esos viajes eran uno de mis aspectos favoritos en mis encuentros con ellos. Nunca sabía cuándo o a dónde me iban a llevar --- las cosas simplemente cambiaban de repente, y de un momento a otro nos encontrábamos en otros lugares que, para mi, eran completamente reales. Algunos de esos lugares eran sitios geográficos actuales, que yo podía reconocer instintivamente a pesar de nunca haberlos visitado con anterioridad. “Los brillantes” me señalaban diversos elementos de mi nuevo entorno, y me enseñaban ciertas cosas sobre ellos. También a menudo me presentaban a alguna gente local, con quien yo podía comunicarme con toda facilidad en su propia lengua. Muchas veces, cuando ya las fiebres se habían pasado, me era posible retener tanto los recuerdos vívidos de esos viajes, como la habilidad de comprender otros idiomas.

Una vez, por ejemplo, nos vino a visitar un pariente que había vivido en Alemania por un tiempo, y que nos trajo una botella de vino de ese país. La botella estaba empaquetada en una linda caja que tenía impresa, en alemán, una descripción del vino y de la región de donde provenía. Mi padre le pidió al pariente que nos tradujera el escrito, pero antes de que él pudiera hacerlo, yo agarré la caja e inmediatamente hice una traducción perfecta, a pesar de que yo no hablaba ni una palabra de alemán y ni tan siquiera una vez había estado en la presencia de alguien que lo hablara.

En otra ocasión, fuimos a visitar a una pareja anciana que eran amigos de nuestra familia; él era español, ella francesa. Durante la cena, la señora nos contó algo sobre su niñez que pasó en cierto vecindario de París. Cuando terminó su relato, yo le comenté que yo conocía ese vecindario muy bien, ya que precisamente lo había visitado hacía poco. Mis padres se enfadaron mucho conmigo por decir tal mentira, pero la señora comenzó a hacerme preguntas y yo procedí a describir los entornos de ese lugar con gran detalle, incluyendo la ubicación de calles y establecimientos de comercio, algunos de cuyos nombres tuve que deletrear, porque no recordaba como se pronunciaban. Al cabo, la señora regañó a mis padres por no haberle mencionado nuestra reciente visita a Francia, y ellos tuvieron que darle una larga y embarazosa explicación para tratar de convencerla de que las cosas que yo le había dicho no eran más que productos de mi imaginación. Nunca olvidaré su respuesta: “Es completamente imposible que este niño tan solo se haya imaginado todo eso,” les dijo. “De una manera u otra, él estuvo allí.”

Ya  de adulto, he viajado a muchos de los lugares que “visité” con “los brillantes” durante mi niñez, y en casi todas esas ocasiones he experimentado una fuerte sensación de reconocimiento --- sabiendo de antemano, por ejemplo, lo que iba a encontrar al darle vuelta a una esquina, o pudiendo fácilmente encontrar un lugar deseado sin tener que consultar un mapa. Hasta el día de hoy, a veces me confundo y no recuerdo si visité cierto sitio cuando niño con mis padres o con “los brillantes.”

El contexto general de mis encuentros con ellos fue fundamentalmente espiritual, aunque cuando era niño no lo hubiera descrito de esa manera. Como es lo más común en la cultura hispana, me crié en la iglesia católica, y ese hecho, combinado con mi corta edad, me impidió hacer una distinción entre lo que era la religión y la espiritualidad, y así poder entender con más claridad la naturaleza de nuestros encuentros. Pero, con la perspectiva que da el tiempo, entiendo ahora claramente que la mayoría de mis conversaciones con “los brillantes,” la  mayoría de lo que me enseñaron, la mayoría de lo que me ayudaron a experimentar, estaba fundamentalmente relacionada con cuestiones sobre los misterios del universo, sobre la naturaleza y el significado de la realidad, sobre la vida y la muerte, sobre las conexiones entre todo lo que existe, y sobre las opciones correctas para tomar en diversas situaciones. Mis encuentros con ellos me dejaron no tanto con una creencia, sino con una certeza experiencial, de que existe muchísimo más de la vida --- de lo que es posible, de lo que es real --- que lo que normalmente podemos percibir. Esa certeza iba a informar y a guiar al resto de mi vida de una manera tal que, como niño, yo no podía verdaderamente entender o anticipar, y al cabo del tiempo me alejaría de la religión de mi familia y de mis antepasados cercanos, y me conduciría en la dirección del misticismo natural de mis ancestros más remotos.

Seres de “luz”.

Mencioné con anterioridad que “los brillantes” no eran humanos, y comprendo que esa fue una aseveración demasiado casual y que merece cierta explicación, aunque, de niño, yo aceptaba ese hecho casualmente y con toda facilidad. Ellos parecían estar compuestos de luz, o por lo menos de algo que yo percibía como luz. No es que tuvieran un brillo deslumbrante, aunque a veces, particularmente cuando se fusionaban unos con otros, descargaban unos destellos cegadores que eran como relámpagos. Más bien, ellos poseían una luminosidad modulada y viscosa, algo así como si la luz pudiera tomar una forma sustancial, gelatinosa y maleable, que a su vez pudiera adoptar cualquier apariencia deseada sin perder su brillo.

A veces aparecían como esferas luminosas que se parecían a burbujas de jabón, pero más densas. En otras ocasiones tomaban una variedad de formas asimétricas que son difíciles de describir con palabras. Cuando así lo deseaban, podían adoptar fácilmente la forma de seres humanos, de animales, de plantas, de piedras, etc. Pero, particularmente cuando adoptaban forma humana, casi siempre yo les podía notar un sutil rasgo u otro que evidenciaba su naturaleza paranormal --- algún pequeño detalle que no encajaba completamente, algo así como ver a alguien con un peluquín mal ajustado. Durante mis encuentros con ellos, frecuentemente cambiaban de una forma a otra, aunque nunca entendí sus razones o su necesidad de hacer eso.

La mayoría del tiempo ellos parecían tener identidades individuales, pero a la misma vez les era posible fusionarse unos con otros con suma facilidad, ya fuera en pares o en grupos. No recuerdo que tuvieran nombres, en el sentido de sonidos o símbolos que los designaran individualmente. Más bien sus identidades, sus presencias mismas, parecían ser el equivalente de nombres, algo así como huellas dactilares u otra forma de marcas indelibles que definían claramente a cada uno de ellos sin que importara qué forma había tomado, o si se había fusionado con otro. Cada una de esas fusiones tenía su definición propia, compuesta de todas las identidades individuales que se habían fusionado, además de un sentido adicional que definía singularmente a esa configuración particular. Suena bastante complicado al explicarlo, pero de que yo recuerde, nunca tuve dificultades o confusión con este proceso.

Algunos de ellos se presentaban exclusivamente en forma de animal, y de esos, el que se me aparecía con más frecuencia era un gran lobo gris con el que yo me sentía muy apegado. Durante nuestros encuentros, el lobo casi siempre se quedaba en el trasfondo, manteniendo una presencia fuerte pero inactiva. Pero cuando llegaba cierto momento, de repente se subía en la cama conmigo y se acostaba encima de mi como si fuera una frazada, con su hocico tan cerca de mi cara que nuestras respiraciones se mezclaban, y así me quitaba la fiebre.

Confieso sentir cierta vacilación al escribir ésto, ya que en años recientes los lobos han sido exageradamente romantizados y popularizados como los “animales totémicos” favoritos. Pero en aquellos tiempos cuando yo era niño, y particularmente en el ámbito cultural en el que yo vivía, los lobos no tenían nada de románticos --- solo eran temidos y odiados por ser considerados predadores implacables. Mi abuelo, quien vivió por un tiempo en el país vasco y tenía fama como contador de historias, a menudo usaba a los lobos de los Pirineos como los villanos en sus cuentos de terror, lo cual siempre me enfadaba mucho y me impulsaba a contradecirlo y a ponerme en defensa de los lobos, cosa que a su vez le causaba cierta consternación al resto de mi familia. A través de los años, ese lobo ha sido el más cercano y constante de todos “mis amigos,” y a veces su presencia ha sido tan fuerte que otros han podido verlo.

Varias personas me han preguntado si “mis amigos” usaban algún nombre particular para definirse en conjunto, pero esta no es una pregunta que pueda contestar fácilmente. En su lengua, había una cierta formulación que se aproximaba a ese tipo de definición, aunque es muy difícil de describir dada la naturaleza tan compleja y multidimensional de su método de comunicación. Era, fundamentalmente, un “término relacional” que conllevaba el sentido de “los otros,” excepto que el significado básico de la palabra “otros” sugiere diferencia y separación, mientras que el sentido que ellos le daban era algo más así como “el resto de los tuyos,” o “los otros como tú,” excepto que la gran mayoría de los seres humanos probablemente no pensarían que seres como los que he estado describiendo aquí sean “como nosotros.” Otros sentidos que estaban englobados dentro de ese “término” se asemejaban a nuestros conceptos de parientes, amantes, belleza, amigos y compañeros.

Me imagino que en tiempos o culturas diferentes, esos seres hubieran sido identificados como hadas, dioses, ángeles, guías espirituales, o quizás extraterrestres (y no dudo en lo más mínimo que cierta gente los hubiera llamado demonios, a pesar de que, en mis encuentros con ellos, nada ocurrió que fuera siniestro o maléfico.) Yo siempre he rehusado colgarles esas etiquetas tan comunes, pensando que si ellos hubieran querido aplicarse cualquiera de ellas, así lo habrían hecho con toda facilidad; también pienso que es algo significativo el que no lo hicieran. Me parece interesante, en retrospectiva, que a pesar de mi formación religiosa, yo nunca tuve la más remota inclinación de calificarlos como ángeles o santos, para que encajaran convenientemente dentro de un molde católico. Pero como sea, gradualmente me di cuenta que no tenía mucho sentido hablar sobre “mis amigos” con gente que simplemente no podía entender, así que por lo general mantuve mi relación con ellos resguardada en un nicho de privacidad.

Otra pregunta que he recibido varias veces es sobre si “los brillantes” tenían sexos o no. Dado que ellos no tenían forma específica, y mucho menos una forma humana, desde un cierto punto de vista ese tema no viene al caso. Pero aunque no recuerdo haber observado ningún acto abiertamente sexual entre ellos, el sentido que siempre he tenido es que, en vez de ser asexuados, ellos incorporaban en sus seres no solo los sexos masculino y femenino, sino también otras permutaciones de género y de sexo que trascendían la experiencia y la comprensión humana. Vale notar que en todos nuestros encuentros se encontraba cierta cualidad subyacente que era sutilmente sensual y erótica. Su mera presencia era sumamente estimuladora de una manera multisensórea, y como ye era tan pequeño, todavía no había aprendido a diferenciar entre la estimulación sexual y otras formas de exitación --- para mi era todo lo mismo. He comentado anteriormente sobre esa habilidad que ellos poseían para fusionarse los unos con los otros, pero también podían hacer lo mismo conmigo, y esas eran experiencias de un éxtasis idescribible, como si pudiera sentir cada célula de mi cuerpo, cada parte de mi ser, siendo acarecida por onda tras onda de abrumante placer, felicidad y paz. Ya cuando había crecido, y mi sexualidad se había hecho más definida, me di cuenta que mis actitudes sobre el género, la sexualidad y el placer han sido profundamente influenciadas por mis experiencias con “los brillantes.”

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© 2007, Andras Corban Arthen

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